Cuando me aventuré en aquel tugurio del barrio chino no podía imaginarme lo que iba a encontrar dentro.
Después de pasarme media noche ahogando su recuerdo en vasos que terminaron vacíos, después de maldecir infinitas veces al hombre que se la llevó, me dí de bruces con aquel esperpéntico lugar.
Nunca había oído hablar de él y a pesar de haber pasado por allí docenas de veces, nunca había reparado en su existencia. En la puerta un hombrecillo triste, dramático y que no pasaría del metro y medio, me invitó a pasar con todas mis consecuencias.
A duras penas bajé por las siniestras escaleras hasta que tropecé con la barra, tras de ella se encontraba quien parecía ser el regente del local. Un hombre cincuentón con cara de pocos amigos que me observó sin denotar ni la más mínima chispa de sorpresa, en su mirada se veía reflejado el sufrimiento y los años arrastrados, la experiencia que a veces pesa más que los años.
Tras mirarme largo y tendido lanzó un gruñido interrogante, que yo interpreté como la señal para que pidiera algo de beber. Miré a mi alrededor y me hallé rodeado lo más florido de aquel barrio, 3 amigos que pareciera acababan de conocerse arreglaban el mundo en su charla, mientras que en una esquina la mujer del tabernero aguardaba su próximo cliente. A mi izquierda, al fondo de la sala, se encontraba un pequeño escenario vagamente iluminado al que dos hombres con los 60 bien cumplidos arrimaban sus sillas expectantes.
Me giré hacia el gruñón y al ver mi mueca medio desencajada por la noche que llevaba a cuestas, resolvió el servirme un vaso de un líquido turbio, que aún a día de hoy no sabría como calificarlo. Lo pagué y me lo bebí de un trago, cayendo en mi estómago como una granada, mientras que al lado del escenario comenzaba a sonar una pianola.
El cúmulo de circunstancias hizo que mi cuerpo tardara en reaccionar para atender a la música y al espectáculo que , parecía, iba a llevarse a cabo.
El veneno de la derrota corría por mis venas y se mezclaba con el turbio brebaje que acababa de tomar. Como consecuencia, mi cerebro se iba enlenteciendo y espesando, mis movimientos eran cada vez más torpes, mi visión borrosa... Un pitido, primero lejano, y cada vez más y más estridente, se fue adueñando de mis oídos. Un sudor frío empezó a deslizarse por mi espalda, haciendo que mi camisa se pegara a mi cuerpo, como si de una segunda piel se tratase. Tropecé y caí de bruces. Mi consciencia todavía se mantuvo despierta durante unos pocos segundos más, el tiempo justo para escuchar las risas empalagosas de los allí presentes y notar el sabor de la sangre en mis labios. ¡Mierda! pensé, me he mordido el labio por torpe, ¡lo que me faltaba esta noche! Y entonces, todo se volvió negro.
ResponEliminaPrimero volvió el dolor, el del labio. Y el sabor a sangre reseca, esa mezcla dulzona y férrea que te pone los pelos de punta. Después volvió el otro dolor, el de la pérdida, y me di cuenta de lo miserable que era mi vida: estaba allí tirado, en el frío suelo de lo que parecía ser el almacén de aquel antro del barrio chino, no tenía ni la más remota idea de qué estaba haciendo allí ni de qué sería de mi en las próximas horas… pero no podía dejar de pensar en ella. Por un momento me sonreí, siempre había sido un romántico, pero aquello era excesivo incluso para mí. Conseguí incorporarme, y tras asegurarme de que no estaba malherido ni atado, dejé que poco a poco mis ojos se acostumbraran a aquella oscuridad. Me levanté para inspeccionar un poco, primero por curiosidad y después, en un alarde de valentía, para encontrar algo con lo que defenderme en caso de que fuera necesario. Antes de que mi mente pudiera si quiera reaccionar y pensar en buscar una puerta de salida o incluso una ventana, mis torpes pasos volvieron a traicionarme y tropecé de nuevo. Esta vez caí encima de un bulto grande y blando, que gimió molesto cuando mi peso le cayó a plomo encima. Entonces noté unos brazos que se agitaban asustados y unas manos, con largas uñas, que intentaban arañarme la cara en un vano intento de defenderse. Me costó asimilar que mis ojos no me engañaban cuando al fin reconocí el rostro de la mujer que yacía bajo mi cuerpo…
¡Tranquila, soy yo! alcancé a decir justo antes de besarla apasionadamente.
¿¿¿CONTINUARÁ???
No es un finaaal jajaja, hay que seguiiiir!!! Todavia se puede saber de que iba el espectaculo... Y... ¿Quien ha dicho amor? xDDD
ResponEliminaPara gusto de todos xD sigo un poco más mi trozo y así doy un pie distnto a la siguiente parte: (jijiji)
ResponEliminaNo tuve tiempo de reaccionar a la contundente bofetada que ella me propinó cuando tras de mi noté la presencia de alguien más... Me giré sobresaltado y entre sombras adiviné que el hombre allí de pie no era sino el mismo que me había servido el brebaje. Sonreía burlonamente y nos miraba con ansia y lascivia. Esta noche, vosotros seréis el espectáculo, gruñó entre dientes. Se me heló la sangre, aquella broma de mal gusto estaba durando demasiado para mi débil y maltrecho sentido del humor. Instintivamente la abracé, no sé si en un acto de heroicidad o de búsqueda de consuelo.
De fondo se escuchaba la alegre música de la pianola que no había dejado de sonar...
Alé, ahora si :) a seguirla!